Donald Trump rechaza frenar la IA mientras la discusión sobre su seguridad se convierte en una disputa de poder entre Estados Unidos y China.

Hace apenas una semana, Jacob Coxon renunció a Anthropic advirtiendo que personas que trabajan directamente en el desarrollo de sistemas de inteligencia artifical creen seriamente que el ritmo acelerado en el que esta creciendo podría provocar una catástrofe humana antes de terminar la década. Evan Hubinger, investigador de seguridad de Anthropic, fue todavía más lejos y situó en más de 10% su estimación personal del riesgo de extinción en los próximos diez años. Son estimaciones discutidas y no existe consenso científico sobre esas probabilidades, pero estas advertencias han llevado el debate sobre seguridad a un lugar mucho más serio y de interés público.

Días después, Dario Amodei, CEO de Anthropic, propuso reducir coordinadamente el ritmo de desarrollo de los modelos más avanzados para ganar tiempo y fortalecer sus mecanismos de seguridad. Elon Musk, Sam Altman y Demis Hassabis, sorprendentemente, respaldaron distintos elementos de la propuesta. El lunes 14 de septiembre, Donald Trump respondió desde Truth Social que el único control y salvaguarda que necesita la IA es un presidente “fuerte e inteligente”, calificó las peticiones de regulación como una conspiración y sostuvo que las aseveraciones de personas como Amodei, terminarían de beneficiando principalmente a China, preocupandose en gran medida por mantener la ventaja estadounidense sobre la de este país.

Publicación de Donald Trump en Truth Social
Donald Trump vía Truth Social

Este miércoles 16, el secretario general de la ONU, Antonio Guterres, advirtió que una carrera sin mecanismos comunes de seguridad podría terminar en una “carrera hacia el fondo”, es decir, una situación de competencia destructiva donde las reglas, la seguridad o los estándares éticos se reducen al mínimo con tal de ganar una ventaja rápida sobre los demás. Al mismo tiempo, Washington anunció conversaciones con Beijing sobre riesgos compartidos de IA antes de la reunión previamente agendada de Trump con Xi Jinping, el presidente de China, la próxima semana.

Esta carrera creada va mucho más allá de modelos que el público general conoce. Estados Unidos concentra una gran cantidad empresas líderes en el desarrollo de esta inteligencia, como OpenAI, Anthropic, Google, xAI y Meta y tan solo en 2025 recibió 285,900 millones de dólares de inversión privada en IA, más de 23 veces lo invertido en China. Lo que está en juego es quién controla modelos avanzados, chips, centros de datos y capacidad de cómputo, una infraestructura que ya tiene efectos económicos sobre productividad, empleo y mercados, pero que también puede utilizarse para inteligencia e incluso sistemas militares. Por eso Washington restringe a China el acceso a ciertos semiconductores avanzados y ambos gobiernos hablan de la IA como una tecnología estratégica para su poder económico y militar. Controlar esa infraestructura posiciona a un país y también le permite condicionar lo que otros pueden desarrollar, creando una competencia de poder y control global. (Stanford HAI, AI Index Report 2026; U.S. Bureau of Industry and Security; Reuters, 16 de septiembre de 2026).

Ahí aparece una contradicción muy interesante y que vale la pena poner sobre la mesa. Amodei, al igual que Trump, presenta a China como uno de los riesgos de esta carrera. Su argumento parte de que sistemas extremadamente poderosos serían especialmente preocupantes bajo gobiernos que el considera autoritarios. Trump toma esta misma competencia y llega a una conclusión completamente diferente, que precisamente porque China puede ganar, Estados Unidos no debería frenar.

La respuesta de Trump también deja al descubierto una grieta en la idea de que el problema se resuelve simplemente manteniendo la IA del lado de las democracias. Anthropic ha defendido explícitamente que Estados Unidos y sus aliados deben conservar una “ventaja democrática” frente a gobiernos autoritarios, bajo el argumento de que las instituciones democráticas ofrecen mayores controles sobre cómo se utiliza una tecnología con tanto poder, pero al mismo tiempo desconocida. Pero apenas dos días después de la propuesta de Amodei para desacelerar, fue el mismo presidente estadounidense el que respondió que frenar es una conspiración enfermiza, y es quien más fomenta el seguir con este ritmo acelerado, a pesar de que hay consecuencias visibles y también previsibles. Tener instituciones democráticas no garantiza que quienes gobiernan prioricen la seguridad por encima de la ventaja económica, militar, social o política.

En ese punto, China deja de funcionar únicamente como un rival tecnológico y empieza a convertirse en la amenaza alrededor de la cual se organiza todo el argumento. Esa lógica se acerca a lo que en la teoría de las relaciones internacionales se conoce como securitización, el proceso mediante el cual un asunto se presenta como una amenaza extraordinaria y la urgencia de enfrentarla comienza a justificar decisiones que, en condiciones normales, exigirían más discusión y límites. La narrativa también construye un “nosotros” frente a un “ellos”, como suele suceder en la narrativa occidental. Los riesgos asociados con el uso de IA por actores vinculados al Estado chino existen y Anthropic ha documentado casos concretos de vigilancia y represión, pero la propia compañía ha detectado abusos vinculados con actores de otros países. Si toda la discusión se reduce a impedir que China gane, la pregunta sobre cómo proteger a las personas puede terminar sustituida por otra muy distinta; cómo conservar la ventaja sobre ellos. Y ahí una discusión sobre seguridad empieza a parecerse peligrosamente a una carrera por poder, dejando en segundo plano la seguridad de la humanidad.

Por eso “WHOEVER WINS AI, WINS!” es mucho más que una frase provocadora. Trump nunca explica exactamente qué se gana, pero Washington y Beijing ya vinculan la IA con competitividad económica y militar. En ese sentido, “ganar” empieza a significar también conservar influencia y poder geopolítico. Si una tecnología con riesgos potencialmente globales se convierte en otra competencia para decidir quién concentra más poder, ¿hasta qué punto la seguridad global puede quedar subordinada a la disputa por mantener el liderazgo tecnológico y geopolítico de Estados Unidos? Y si buena parte del poder tecnológico sigue concentrado en empresas y gobiernos estadounidenses, ¿qué discursos sobre riesgo, seguridad y amenaza estamos aceptando como neutrales cuando también están atravesados por esa posición de poder?